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Sonia Chirú

Lo que aprendí... y lo que no, en el IJA

12 Août 2014 , Rédigé par Sonia Chirú - mirando-hacia-panama.over-blog.com

Mi escuela está celebrando un aniversario importante. Importante para la institución. Importante para las generaciones de egresados del plantel. Me uno a esa celebración con este humilde homenaje a mis maestros.

Cuando ingresé con las ilusiones de mis 12 años, nunca pensé que hoy estaría intentando escribir algo sobre mi vida escolar, ¡tantos años después y desde tan lejos!

Mamá me había matriculado en Comercio bilingüe. Su sueño de mujer humilde en un país en que todo se mueve por el comercio y sólo el comercio. Hoy, algunos dirían que los chicos deben estudiar "lo que el país necesita". En ese tiempo, también se decía lo mismo. Hablar inglés y saber de comercio, contabilidad y esas cosas así...

En mi cabecita loca de mis 12 años, no me cabía que yo pudiera pasarme la vida en eso. En una oficina, tirando números, sacando cuentas, calculando costos y ganancias... de empleada en algún banco o empresa comercial. Eso era para mí el comercio. Y le dije no a mi madre. Yo, tan dócil...

Intentó convencerme. Ella que había intentado y no había podido sacar un diploma de comercio en "La Práctica de comercio" de la Avenida A, en cursos nocturnos. Cuando le fueron llegando los hijos tuvo que abandonar como tantas otras mujeres humildes con deseos de superación. Imposible seguir trabajando con turnos nocturnos y con hijos pequeños en casa. Los tres primeros apenas si nos llevábamos entre 16 meses y dos años. En aquel tiempo las mujeres no sabían de contracepción. ¿Saben algo ahora?

Muy decepcionada fue a la escuela. El profesor Bayard había sido su profesor algún tiempo antes. Él la consoló. Le dijo que me dejara elegir y que de todos modos, cualquiera que fuera mi elección, saldría adelante por ser la mía. Y me cambió la matrícula.

Fui feliz en el I.J.A. como había sido feliz en mi escuela primaria, la escuela Mateo Iturralde en calle 12, que se acabó de caer algún tiempo después de que saliéramos de allí.

Tengo muchos buenos recuerdos de mis seis años de secundaria y todos están relacionados con bellas personas, tanto profesores como compañeros. Recuerdo a mi primer profesor de español. El profesor Luarca. Francisco Luarca. Le decíamos Luarquita de cariño. No era panameño. Se había huído de un país centroamericano, creo que de El Salvador en guerra. Era un indígena bajito con pocas canas. Una vez le preguntamos su edad y nos quedamos pasmados por lo viejo que nos pareció. ¿Andaría ya por los 80? No lo puedo asegurar. Pero se rió y siempre recordaré sur explicación: "¡Es que al indio cuando se le ven las canas es que es bien, bien viejo!". Así estoy yo ahora. India - y algo de negra, mulata - con pocas canas. ¿Por qué lo queríamos? Quizás porque era un abuelito sabio, muy estricto en el trabajo. Fue el único que una vez me puso un cero de conducta y me lo anunció así en medio de una clase: "Señorita Chirú, tiene cero de conducta" y lo apuntó en su libreta. Si no me puse a llorar fue porque el orgullo era más fuerte. ¿Y por qué? Yo ni pestañeaba cuando Luarca daba clases... Parece que le estaba metiendo la uña al borrador y cuando uno hace eso, no se puede estar atento a la clase. Al día siguiente ya me había quitado el cero.

Recuerdo a Palito Hayes y la alegría de cantar en las clases de música. Aprendí poco o casi nada de solfeo ni de técnica musical pero las clases con el profe Hayes eran un placer. De ahí salíamos cantando y como casi siempre era a última hora, nos subíamos cantando como locos al bus. Hoy sigo cantando y formando parte de un coro por el placer de la música y de proyectos sin los que no podría vivir. Y poco a poco, las partituras, el conocimiento de la música han ido entrando en mi vida. Así como obras de grandes músicos de todos los tiempos y estilos.

Recuerdo a Luis Angel Muñoz, de historia y geografía y su frase célebre cuando alguien bajaba en las calificaciones o fracasaba en algún ejercicio: "Cuidaaado. ¡No se deje!" Siempre alegre, feliz de la vida y creo que, al menos en mi época, le iba bien personal y profesionalmente. La historia más que la geografía eran de mis materias favoritas. Hoy sigue siendo la historia la que me enseña a pensar el mundo en que vivimos.

Recuerdo como amé las clases de inglés con Priscila Perkins. Siempre me gustaron los idiomas. Tanto el mío como el de otros. Priscila era competente, agradable. Después tuve otra profe de inglés que gritaba tanto y se formaba tanto alboroto en el salón, que el profesor Bayard venía a ver qué estaba pasando. Recuerdo su cara y el lapiz de labio que se le regaba pero no recuerdo su nombre. Pobrecita. Ella sí era desdichada en ese oficio.

Recuerdo cómo me gustaron las clases de filosofía con el profesor Raymores en quinto año y cuánto detesté las de lógica en sexto. ¿Por qué si era el mismo profesor? Queda por analizar.

Recuerdo cuando supe que en segundo ciclo tendría matemáticas con el profesor Brown y Profesor Gil E Brown, me doy cuenta de que era bastante joven cuando fue profesor mío.Gobierno con el profesor Bayard. Llegué temblando a la primera clase de matemáticas. Brown era el ogro de los pasillos, jefe del cuerpo de orden y disciplina, los temidos COD que yo no tenía por qué temer pues nunca tuve ningún problema con ninguno. No era más que una niña tímida que llamaba poco la atención. Sin embargo, el ogro de los pasillos, el profesor Brown, en el aula se convertía en un profesor ameno, con buen sentido del humor y gran talento para enseñar. Yo que odiaba las matemáticas - ¡creía yo! -hasta me acerqué con gusto a los logaritmos y a lotras álgebras esotéricas. Nunca entendí para qué me serviría todo eso, pero yo era feliz sin entender. Durante mi carrera como profesora me tocó enseñarle español o francés a científicos e ingenieros. Me sirvió al menos para saber que ciertas cosas existen y dar tema de conversación a mis alumnos.

Al profesor Bayard ya lo conocíamos más antes de tenerlo de profesor. Recuerdo su teoría sobre la fealdad de las rodillas en aquel tiempo en que todas queríamos llevar mini faldas. La mujer es bella pero lo único feo que tiene son las rodillas, ¡hay que taparlas! Guerra a las mini faldas. Se toleraba el "bloomer" de gimnasia y el vestido de baño en la piscina. ¡Nada de faldas arriba de la rodilla! Como profesor en el aula, nos dio aquella clase de "Gobierno" que tocaba con lo que después debió llamarse "Relaciones de Panamá con Estados Unidos". Era un estudio de nuestra historia y nuestras instituciones. Aprendimos a ser panameños y a enorgullecernos de ello.

De Bayard habrían muchas otras cosas que contar, siempre en los pasillos, pendiente de nosotros, de acostumbrarnos a la disciplina de la puntualidad. Fue el principal aprendizaje de mi vida en una sociedad enojada con el reloj y poco respetuosa del tiempo de otros. Era, a pesar de su rectitud y severidad en el trato, menos impresionante para mí, quizás porque era de Garachiné, como mi abuela y más o menos de la misma generación. Mi madre lo apreciaba pues había sido su profesor. Casi era de la familia.

Me hace gracia recordar aquel episodio, no sé en qué año, en que tuvimos a una excelente profesora de gimnasia. Era una atleta que había ganado campeonatos de atletismo en la región, supongo que en los Juegos centroamericanos y del Caribe. ¡Para qué digo la quejadera! Al profe no le gustó, le pareció que los ejercicios eran muy duros para las señoritas que nos iban a sacar musculatura de hombres. Y volvimos a ejercicios "de señoritas" sin fuerza muscular. Gracias al profesor Bayard. Cada vez que digo que mi deporte favorito era el baloncesto, todos se echan a reír. Se lo repetí a varias generaciones de estudiantes cuando tocábamos, en clase, el tema de los deportes.

También recuerdo a Mara de Mas. Una de las pocas, que cuando la mencionábamos entre nosotros, la llamábamos Mara, como a una amiga. La tuvimos de consejera y era parte de nuestros paseos de fin de año. La observación de las células de la cebolla, el estudio de la anatomía de la rana comparada con la del ser humano, fueron algunas de las actividades a las que nos inició Mara. Imaginémosla en los años 60, joven, bella y entusiasta.

Y qué decir del club de teatro con aquel profesor guapo de Latín. Fue poco el latín que aprendí, las declinaciones y algunos ejercicios. Algo queda. Pero lo principal, no recuerdo su nombre, fue que montamos obras de Chong Ruiz y otros autores panameños. Ahí aprendí de teatro aunque yo estaba de accesorista. Los ensayos se hacían en Casino.

Recuerdo los Saraos de los viernes por la tarde. El profesor Bayard decía que era mejor que bailáramos y compartiéramos sanamente en un lugar donde nos podían ver y no que nos fuéramos a meter en discotecas y lugares de perdición. Casi cada viernes teníamos un sarao en un aula que nos prestaban. Los profes siempre estaban pendientes de que la disciplina y las "buenas costumbres" fueran la regla en esas actividades, con música pero sin bebidas alcohólicas. ¡Y nada de boleros pegados, en un solo ladrillo!

Tuvimos un profesor de educación artística, ¿cómo se llamaba? A veces se ausentaba porque tenía exposiciones, hacía murales en el exterior, lo invitaban en México y en otras partes. Era el titular de la escuela. Por su culpa nunca aprendí ni siquiera a hacer un croquis. No le interesaba. No le interesábamos. Era vecino de mi abuela y la esposa también pintaba. No logro recordar el nombre. Lo tuvimos casi todo el tiempo que nos tocó dar educación artística. Me di cuenta de cuán malo era cuando nos vino un reemplazo pues se había ido al extranjero por bastante tiempo. Durante unos meses tuvimos a un profesor con metodología, que nos traía recortes y nos enseñaba a mirar un objeto antes de intentar reproducirlo. Nos enseñaba a hacer parrillas y a medir las proporciones. Al final, nos llevó fuera del aula y nos puso a dibujar aquel árbol bello que teníamos en el patio, aplicando el método de la parrilla. Debíamos observar cada rama, cada hoja. Yo logré hacer la mitad del árbol. Vertical. Recuerdo que por primera vez me sentí orgullosa de un trabajo de ese tipo hecho con mis propias manos. Me había creído incapaz de semejante hazaña. Después volvió el titular que por muy pintor que fuera, nunca nos enseñó siquiera a mirar una obra artística para entender el trabajo del artista. Aprendí que no hay talento caído del cielo. Al talento hay que darle metodología, técnicas, trabajo constante para ir cada vez más lejos.

En tres años de francés que estudié en el IJA tuve tres profesores. Supongo que sigue siendo difícil conseguir buenos profesores de francés. Fueron tres: uno bueno, que al año siguiente se ganó una beca de estudios; en la precipitación de reemplazarlo, nos llegó una señora francesa que no era profesora y no sabía cómo enseñar ¡y en sexto nos tocó Palmira! Palmira Almolda. Nombre raro y maravillosa profesora. Había sufrido de polio en su infancia, cojeaba y aprendimos en un año, quizás más de lo que hubiéramos aprendido en tres. Supe con ella que no sólo podía amar mi idioma, aprender inglés, sino también francés y lo que se presentara por aprender.

Algunas cosas se quedan en el tintero. Ya este texto es demasiado largo y nadie leerá recuerdos que no son los suyos. No he hablado de mis compañeros con los que llegué a formar casi familia en esos 6 años y que tan buenos recuerdos me dejaron.

Mis maestros me enseñaron que para aprender hay que ser feliz y que aprender hace feliz al individuo. Lo que sabemos, nadie nos lo puede quitar. Es nuestra verdadera y única riqueza. Y podemos seguir aprendiendo toda la vida, hasta que nos toque dejar este mundo.

Supe desde siempre, a través de su ejemplo, que enseñar es parte de las relaciones humanas; aprender tiene un componente afectivo entre el maestro y el alumno. Para enseñar y aprender debemos ser dos y ponernos de acuerdo. Tratarnos bien. Con respeto. Es una negociación permanente y el cariño con que se hace, condiciona la calidad y la cantidad de los aprendizajes.

Aprendí a elegir mi camino desde mí misma. Desde mis inclinaciones, mis aspiraciones y no por motivos exteriores ni presiones sociales. ¿Para qué aprender francés, si en Panamá eso no sirve de nada? Nunca tuve que arrepentirme.

Gracias a ellos, mis maestros, y a mis padres, cumplí mis sueños y uno de ellos, ser profesora yo también, para ser como ellos, quizás. Y ahora, jubilada, sigo de voluntaria ayudando a chicos con dificultades, trando de enseñarles a aprender a aprender. Para devolver lo que me dieron. Gracias.

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Lilibeth Langoni 14/08/2014 03:48

Hermoso escrito: sincero y cálido. Gracias por los recuerdos de mi escuela querida y de mi papá. Abrazos

Sonia Chirú - mirando-hacia-panama.over-blog.com 23/03/2016 21:19

Saludos, Pablo. ¿Familia de Miguel que se graduó conmigo? :)

Pablo Cuellar 23/03/2016 20:11

He leido sus comentarios . Tambien me gradué en la promoción de 1969.
Comercio Bilingue. Gracias por los recuerdos.

Sonia 02/07/2015 11:54

Abrazos, Lilibeth. No te había visto. Así son mis recuerdos y algunas cosas se quedaron en el tientero. Estaba un poco desconectada pues no sabía que hacer con este sitio. Me aburre que aparezca publicidad en mis páginas. Me he mudado para otro sitio. Con cariño. Sonia.