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Sonia Chirú

La playita

20 Juillet 2012 , Rédigé par Sonia Chirú - mirando-hacia-panama.over-blog.com Publié dans #Medio ambiente, #Sociedad

13370013Cuando la abuela se mudó de la plaza, en la entrada del pueblo, donde vivía con el "viejo", se hizo una casita por la calle Central. Su casita. Entonces, cambiamos de playa durante las vacaciones de verano. Dejamos la del Tamarindo para ir a la playita de  los pescadores que nos quedaba a la vuelta de la esquina. Había un manglar y era y sigue siendo una costa rocosa con una playita de arena blanca a la que llegaban las lanchas de los pescadores del pueblo con marea llena. Los pescadores se saben el camino para llegar sin riesgo de encayar o de chocar con una roca.

Es una playa casi horizontal en la que no hay cambios bruscos de profundidad como en otras playas. Adecuada para niños pequeños.

Con marea llena, teníamos una linda playa de arena blanca. Con marea seca, las rocas formaban pozas de agua tibia donde íbamos a bañarnos de pequeños con la abuela. No recuerdo que la abuela se haya bañado jamás en la playa, siempre en las pozas que para ella tenían todas las virtudes terapéuticas. Las rocas más cercanas eran espacio de juego adonde íbamos a buscar jaibas y pulludos.

Cuando venían los tiempos de aguaje nos levantábamos al amanecer para ir a mariscar. La abuela nos ponía unos sombreros redondos, de algodón, que sacaba bien planchaditos de la cómoda. ¡Nada de ir a coger una insolación! Los ostiones abundaban y los que sacábamos eran del tamaño de nuestras manos de niños. Ya más grandecitos, con el amigo Víctor quien "cuidaba" un bote de pescador, quizás de algún tío, - no recuerdo - salíamos a navegar y a pescar con marea llena... y a meternos miedo con el posible tiburón que nunca vimos. Oras veces íbamos a almejear. ¡Que fácil era sacar almejas para un "cocinaíto"! La vida en el pueblo era tranquila, todo el mundo se conocía y las fiestas eran las fiestas de todos.

Estuve ausente por mucho tiempo. Volví algunas veces sin volver y hoy el contraste es violento. A la playitPlayitaa siguen llegando los pescadores. Ahora, el pescado no se compra en la misma playa. La cooperativa de pescadores ha instalado sus locales a la orilla, entre la playa y la calle. Ahí, los trabajadores del mar venden el pescado, lo escaman, lo limpian para la clientela del pueblo. Buen pescado fresco.

Ayer fuimos a buscar pescado a la playita. Curiosa, pasé la linea de los locales de la cooperativa donde mi madre estaba eligiendo lo mejor y al mejor precio: pargo, coginoa, corvina, revoltura... El panorama que se abrió a mi vista fue tan desolador que se me hizo un nudo en la garganta: llantas de carros, plásticos, basura por doquier. Sin mirar en detalle puedes encontrar todos los desperdicios habidos y por haber de nuestra sociedad ultraconsumista.

- Tú no te acuerdas de mí, ¿verdad? - me preguntó un hombre que trabajaba limpiando el pescado.

- Se acabaron las pozas - le contesté, a punto de romper a llorar, intentando eludir  respuesta. Estaba pensado en las pozas de la abuela. Allí íbamos a bañarnos con marea seca. Algunas eran profundas y sabrosas para chapalear y buscar jaibas.

Pozas- Yo soy Panchito, ¿te acuerdas?

Claro que no me acordaba, pero contesté:

- ¡Como no! Tú eres el hijo de Pancho, el vecino del lado de la playa.

Por su casa cruzábamos para ir a la playita y la arena blanca empezaba allí en su lote, entre las casitas de Pancho, de Trífila, de Príscila... cuñado y hermanas de nuestro amigo de aventuras, uña y carne, Víctor.

- Se acabaron las pozas, dije de nuevo, por decir algo.

- No, ¡qué va! Pa'llá pa' aquel lado hay todavía unas pozas muy buenas. ¡Puedes ir a ver! y me lo dijo con tanta convicción que di algunos pasos en esa dirección, me miré los pies, miré alrededor y me detuve. Así en chancletas, no. Antes andábamos descalzos por todo eso. Con mucho cuidado por las rocas que tenían adheridas conchas filudas como navajas.

- Lo que sí nos jodieron fue este otro lado - dijo señalando hacia la derecha. - Ahí rellenaron con tierra de no sé donde. Lo jodieron.

En efecto. El manglar de aquel lado había desaparecido - del otro también - y se divisaba, por encima de las rocas como un dique de tierra.

- Sí. Todo está jodido - dije sin poder contener un sollozo.

- ¡Concho! ¡Verdad que estás llorando!

¡Yo creo que no entendió un carajo! ¡Llorar por una playa!

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Eneida 21/03/2014 14:33

Me encanta Sonia ! Bravo ! sigue escribiendo para que no se mueran tus playas...nuestras playas !!!