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Sonia Chirú

La abuela del tigre (fragmentos)

3 Novembre 2010 , Rédigé par Sonia - mirando-hacia-panama.over-blog.com Publié dans #Art et culture

No quiero olvidar que el objeto de este blog era y sigue siendo hablar de cosas bellas, de lo que amo en mi país más que de lo que me hace sufrir. Amo la tierra y el olor a salitre. Amo la lluvia. La lluvia no, el aguacero que te cae encima con unos goterones que dejan marcas en el suelo y en la piel. Que cuando llueve, la bulla es tal que ya no te oyes. Amo el recuerdo del chapoleo descalza en las charcas bajo el aguacero de agua tibia...

Para volver al tema, a la belleza y al arte, ofrezco aquí  fragmentos de un texto sencillo de uno de nuestros autores nacionales, poeta y cuentista, el maestro Carlos Francisco CHANGMARIN.

 

"Dicen que al morir la pobre abuela, ese día, el gran río rojo bajaba con pereza repleto de lagartos amarillos, y yo era, para enconces, tan inocente que desconocía tantas cosas de la vida y de la muerte. Pero tengo memoria de la abuela y la gente no me cree. Los parientes sacan cuenta con los dedos y se enredan en los olvidos. No aceptan, además, que yo recuerde cosas de cuando empecé a caminar. Había un rancho de paredes de varas sueltas, amarradas con bejuco y yo me agarraba de las varitas y así empecé. Pero hay algo más extraño. A veces Cocle 1127andaba solito por la orilla del gran río, poblado de lagartos, o bajo los bosques de inmensos árboles y escuchaba música sinfónica. ¿De dónde venían esos conciertos de violines y arpas, de pianos y oboes? Eso sí no lo sé.

Yo vivía con la abuela en la montaña, en un caserío asentado en una loma colorada, a la orilla del gran río, y en el aire venía la música selecta. Supe que la música era sinfónica ya cuando vine a las ciudades, en donde no hay montañas, ni ríos con lagartos, puesto que por las radioemisoras escuché selecciones que la gente llama "música de muertos", aunque se trata de música alta, así de Beethoven, aunque yo más creo que en mi infancia oía a Stravinsky, Jachaturian o Paganini, campanela de Paganini, o la sinfonía número dos de Rachmaninov, porque la montaña tiene su música tremenda.

Con la abuela vivía mi abuelo, un hombre bien construido y organizado, con gran talante, hijo de español con negro e indio. Era moreno claro, con un sombrero de alón y la nariz más grande que la mía y sumamente perfilada. Pues  bien, el abuelo me decía que los árboles solían llorar o cantar, según el tiempo y sus tragedias, y tal vez se trataba de esa música sinfónica, forestal y ecológica de la montaña, en los lejanos días de cuando yo vivía con mi abuela y los lagartos.

[...] Ella era muy bella, un taco de mujer. [...] Mi abuelo le decía que tenía ojos de sierpe o de culebra o de víbora terciopelo, de las muchas que había por allá, en el país de mis abuelos, la gran montaña del Darién.

[...]

Mi abuela era altaneramente bella cuando, en las tardes, en su silla rústica, sentada allí remendaba camisas y trapos viejos o bordaba pañuelos para gentes que vivían por allá, lejísimos. Ella se recortaba contra el fondo del río, el cual parecía un mar, las más veces chocolate, de puro bravo, porque en él chapaleaban los lagartos, y lo ensuciaban, de tantos lagartos que allí vivían y se multiplicaban más que las gentes. Y no olvido esa figura de la abuela, con chaqueta de basquiña, creo, de fondo negro, con cuadros amarillos y celestes, pero tal vez era de fondo azul y siempre andaba con esa basquiña y una falda, al estilo de las polleras montunas, algo así. Señores, había que ver cuán linda era esa mujer. "

[...]

Cierto día antes de que la abuela se muriera, y es lo que deseo contarles, una vez que mi abuelo se había ido, como era la costumbre, a cortar la montaña y se quedaba por allá sus varias semanas, con los árboles y, tal vez, aliviado con su negra de repuesto; era de mañana, el sol estaba claro, el río azul, porque los caimanes se habían dormido o emigrado a otros rumbos, mi abuela oyó un bramido feroz, y me dijo: "¡Ay, santo Dios, es el tigre!" ¿Qué les cuento? Por suerte tenía la abuela encendido el fogón, lleno de troncos crepitante y rojos, cuyas chispas 750px-Jaguar at Edinburgh Zoosalpicaban, y el gato teme al fuego, porque el tigre también es medio pendejito.

El animal empezó a dar vueltas alrededor de la casa que ya le dije estaba sobre pilotes, y eso nos salvó, porque el jaguar con hambre, sin embargo, no se atrevía a subir por el fuego, y porque la abuela, en ese instante, se puso seria, espantada, con una mirada brillante y sumamente atroz, de negra y montañesa; tenía una daga en la mano y a mí contra su pecho. Mi abuela sabía que el tigre venía de un solo bocado y después iba a relamerse, como gato complacido, con el criterio burgués de "barriga llena corazón contento."

El animal daba vueltas y emitía otros rugidos para asediarnos y rendir a la abuela. La casa, por lo demás, carecía de puertas, porque mi abuelo manifestó que las puertas fueron inventadas por los europeos ricos, para que ni los negros ni los indios robáramos lo que ellos nos robaron. Y estuvo comprobado, porque de nada le sirvió a un gringo minero, que por allá vino con una gente a lavar oro, el tener puerta y candado, ya que los propios peones, una noche, para despropiarle el polvo de oro que ya el norteamericano tenía guardado, con un machete le bajaron la cabeza y le sacaron con facilidad suma la bolsa que le colgaba del pescuezo.

De modo que la puerta no era necesaria en la montaña, ¿y el tigre? Bueno, no era que temiera subir, sino que se manejaba con la táctica del desgaste de los nervios de la abuela. Pimero me iba a comer a mí de una tarascada ¡ñau! desués se almorzaría a la abuela, pierna a pierna, costilla a costilla. Pero mi abuela como tenía su edad, era más difícil, porque con el trabajo y la vida que llevaba tenía la carne dura; no tanto como los lagartos, pero allí iba, aunque como queda dicho, era mujer oceánicamente bella.

El tigre se pasó todo el día y la noche dando vueltas; de seguro que no me lo creerán, mas así fue la historia. Nos dormimos, o tal vez yo no dormí, y mi abuela puso candela en las cuatro esquinas de la casa. Y entonces, o se quemaba la casa y nos llevaba candanga con todo y tigre asados, o el jaguar no subía, y entre los dos riesgos mi abuela prefirió el fuego para espantar al felino. Y así fue, el gato no subió. A la mañana siguiente continuó la misma vaina, pero mi abuela, ya con más dominio de la situación, preparó incluso un caldo para no morirnos de hambre... y el tigre afuera.

Como a las cuatro de la tarde subió la marea.  No se sabe por qué el tigre cambió de táctica y se alejó un poco, tal vez fue a realizar su excusado y no quería que lo viéramos en eso.

Mi abuela tomó la daga, me subió en su cuadril, con ansiedad, casi estrujándome; saltó y desbarrancándose como una cabra loma abajo y gritando ferozmente para darse valor, conmingo llegó al río, soltó el bote, entramos y empezó a canaletear, justamente cuando el tigrazo ganó la orilla y no se atrevió a echarse en el agua, ya sea porque no sabía nadar, por temor a resfriarse o porque los lagartos en el agua le ganan la pelea al tigre. Yo digo ahora que nos salvaron los lagartos, porque un tigre con hambre es peor que un rico en tierra. Y nos fuimos río arriba, hasta llegar al trabajo de mi abuelo, en donde la abuela contó lo sucedido y ni los compañeros del abuelo creyeron el cuento. Y más tarde escuché al abuelo cuando la regañaba diciéndole que eran los puros y malditos celos, pues pensaría que lo sorprendería in fraganti con la negra de repuesto. Pero la negra de repuesto era otro cuento de los amigos, para joderlo ya que él, mi abuelo, jamás se había atrevido a engañar a mi abuela, sino que mi abuela era el único y gran amor de toda su vida, porque ella era una mujer guapísima. Eso oía por la noche en el jorón del rancho, allá en la montaña.

Cocle 1153Pero vamos a ver que le pasó al señor tigre. Al día siguiente regresamos y mi abuelo aceptó, al ver las huellas, que lo del tigre era real y dijo: "Carajo, voy a matar a ese tigre cabrón."

Mi abuela no respondió nada, ni se lo impidió, porque ese era su derecho de hombre y así demostraba el gran amor que le tenía. Mi abuelo preparó los cartuchos, limpió y aceitó una escopeta calibre dieciséis de dos cañones, se metió en la cintura un puñal de "cocaita" y se fue a buscar al tigre. Eran las cinco de la tarde. Iba con una lámpara de carburo en la cabeza, bien aliñado el hombre y siguió los rastros de la bestia.

Dicen que si un hombre va adelante y detrás lo sigue un tigre, si el gato mete sus manazas justamente dentro de las huellas del cristiano, y olfatea que el individuo tiene miedo, ya es hombre muerto. La abuela encendió calladamente una vela a la Virgen y se puso a rezar. Sentiría algo de miedo y temor de que el tigre matara al viejo.

El abuelo caminó entre las sombras; hombre bien macho, nacido en la montaña, se la conocía como  sus manos. Tigre contra tigre, eso era, y lo halló en un promontorio. Verlo y dispararle, eso fue una; pero apenas lo rozó, entonces el gato se volvió iracundo y se le abalanzó, el abuelo lo encandiló con el destello de la lámpara de carburo y le enterró el segundo tiro entre los ojos amarillos. El animal pujó y se rajó en el suelo, muertamente, porque en aquella montaña, nada más podía haber un tigre y ese era mi abuelo. Con cuidado, el hombre le abrió el duro pecho al animal y le extrajo el corazón. De madrugada, la abuela ya sabía que el viejo había matado al tigre, porque venía castigando los silencios con su vieja tonada de recogedor de raicilla, con la saloma se llenaba la casona de madera, de alegría y de nuevas esperanzas.

Para esos días, mi abuela se ponía que era un primor de buena, y no me pegaba.

Llegó el cazador, la abuela tenía hecho el café oloroso, en su punto. Él entró como si nada, sacó el envoltorio de hojas de bijáu y abriéndolo, le mostró la pieza a la señora y le dijo: "Coge, cobarde, aquí te traigo el corazón".

Eso jamás se me olvida.

Al día siguiente, mi abuelo con unos compañeros fueron a buscar el trigre, y resultó ser un animal formidable, de cinco pies de largo, sin el rabo. Mostraba hermosas manchas negras, porque nuestros tigres no son rayados, pero son igualmente tigres. Desde ese día yo dormí en una nueva cama de tigre. Y era una belleza dormir sobre tan sedoso cuero, hasta la desgraciada hora cuando se murió la abuela y se me acabó esa extraordinaria fantasía."

 

Carlos Francisco CHANGMARIN: "La abuela del tigre", de Las mentiras encantadas, Editorial Universitaria, Panamá, 1997.

 

Créditos fotográficos:

El "tigre": By Pascal Blachier from Savoie, France (Cat)[see page for license], via Wikimedia Commons

Paisajes de Panamá (Coclé): Sonia Chirú-Prudham, 2010.

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